La reanudación del nacionalismo por la izquierda

Desde el siglo XIX las relaciones entre la izquierda y el nacionalismo son complicadas. En el famoso "Manifiesto del Partido Comunista" libro-folleto de Karl Marx y Friedrich Engels, los autores ya convocaban a los trabajadores "del mundo" a unirse y derribar el capitalismo, afirmando en sus páginas que "el capital no tiene fronteras".

Autores anarquistas como Bakunin y Proudhon también fundamentaban sus teorías en la crítica al Estado y al nacionalismo. En general, los socialistas y anarquistas clásicos veían al Estado como un defensor de los intereses de la clase dominante (burguesía), y el nacionalismo como el discurso farses que encubría esa dominación social. De ahí el origen del fuerte internacionalismo de la izquierda clásica.

Estas premisas empezaron a ser profundamente revisadas a lo largo del siglo XX. Desde el punto de vista teórico, el líder bolchevique Vladimir Lenin en "Imperialismo: fase superior del capitalismo", apuntó cómo las clases trabajadoras inglesas se beneficiaban de las relaciones imperiales de su país con sus colonias, y cómo la explotación de los países periféricos aumentaba su bienestar, siendo.

Más tarde, la Teoría Marxista de la Dependencia dio más sustancia y argumentos a ese raciocinio. En vez de dividir el mundo entre naciones "avanzadas" y "atrasadas", estos teóricos separaron al mundo entre "países centrales" y "periféricos". La diferencia fundamental entre ambos sería la sofisticación del sistema productivo, con naciones industrializadas dominando económicamente a las productoras de commodities.

La TMD también formuló una nueva interpretación de la lucha de clases marxista. Mientras las élites económicas de las potencias reforzar la posición de sus países en el mundo, las élites de los países periféricos se beneficiarían de las relaciones coloniales. En razón de esto, en vez de promover la industrialización y liberación de sus países, las élites periféricas aprisionarían sus naciones cada vez más en el subdesarrollo.

Desde el punto de vista práctico, el nacionalismo ha sido propagado por diversos tipos de régimen. En el siglo XX, fue exaltado por países nazi-fascistas; por el colonialismo Inglés, francés y portugués; por las revoluciones socialistas de URSS, China y Cuba; por la hegemonía americana en Occidente; y por todas las revueltas y movimientos anticoloniales en Asia y África.

¿Cómo diferenciar tantos nacionalismos? En el siglo XXI, con la crisis financiera internacional, la decadencia del liberalismo y del discurso globalista, se observa nuevamente el retorno del nacionalismo en diversos países del mundo. Pero ¿cómo saber qué nacionalismo es liberador y qué refuerza las relaciones de dominación?

La cuestión fundamental es su punto de origen. Esto es, generalmente cuando el nacionalismo surge a partir de una nación central, tiende a convertirse en una defensa del imperialismo de este país. Se puede ver eso en los discursos nazis en relación a la inferioridad de los pueblos eslavos o en las ofensas de Trump a los inmigrantes latinos.

Ya cuando el nacionalismo surge en países periféricos es lo contrario: tiende a expresar una defensa de esta nación contra los intereses de las potencias. Es por eso que se observó una asociación tan grande entre la izquierda y el nacionalismo en los países latinoamericanos, africanos y asiáticos a lo largo del siglo XX.

La izquierda del siglo XXI no debe más dudar en defender la bandera nacional, ni avergonzarse en la defensa de la historia y de los símbolos nacionales. Sólo la asociación eficiente entre Estado y mercado puede superar los obstáculos productivos y tecnológicos de la nación.

La construcción de una unión nacional entre todos los brasileños y de un Estado con visión estratégica y liberadora son necesarias para el ascenso de Brasil entre las potencias del mundo. Ser brasileño, de izquierda, y no ser nacionalista, será siempre una grave incoherencia.
 

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